Voces contra el cambio climático
Reportajes, crónicas y fotografías viajeras.
La esplendora belleza del Titicaca se ve mancillada por la contaminación que afecta a la bahía de Puno. Descuido y desidia, daño ecológico que no se castiga ni se remedia, que se observa impune y dolorosamente en las orillas lacustres de la ciudad principal del altiplano peruano.
Una terrible tragedia, un artero atentado contra la fuente generadora de vida en esta región del país. Evidencia clara de la ingratitud del hombre frente a su entorno, de su incapacidad de preservar su medio ambiente, de cuidar sus recursos naturales y económicos.
El Titicaca está enfermo en Puno. Lo saben quienes viven en la ciudad, lo descubren con congoja los miles de turistas que zarpan del puerto, que recorren la bahía, que llegan hasta el hotel Sonesta Posada del Inca, para visitar el buque Museo Naval Yavarí, uno de los colosos de la llamada "flota de hierro", la poderosa escuadra que la Marina de Guerra mantuvo en las aguas del lago navegable más alto del mundo.
La contaminación está en todos lados. En el muelle donde zarpan las lanchas con sus motores que tosen esmog, en las orillas habitadas donde se depredan y queman los totorales, en las áreas ribereñas convertidas en infectos basureros, en las aguas sagradas que se mezclan con los desagues de la capital regional, también al lado de la terraza de un hotel con todas las estrellas, donde el lente de Explorando, perpetuó esta imagen.
El lago está enfermo. Cuándo empezaremos a curarlo...
Nace el día. Se impone el sol. Las sombras se repliegan creando panoramas distintos, entonces, una cruz de camino "sembrada" en un pequeño promontorio, se convierte en una silueta insinuante que constrasta con la luz del horizonte, con su propio reflejo en un espejo de agua.
Lugar de descanso para los andariegos, en este paraje que está detrás de un bofedal y al final de un senderito medianamente tortuoso, se realizan rituales cargados de sincretismo, para pedir la protección del apu Allincapac (5,877 m.s.n.m.), la montaña más alta de la cordillera de Carabaya, un deslumbrante ramal de la cadena oriental de los Andes.
Durante el solaz y la reflexión casi mística, el camino regaló esta imagen al "lente cordillerano" de Explorando que despertó antes del alba, que partió antes del amanecer de Macusani, la capital provincial, para arribar motorizadamente a la pampa de Antajahua, donde inició su periplo -no muy largo, no muy corto- hacia el macizo congelado.
Se termina el relajo. Volvemos a la ruta. El Allincapac parece estar muy cerca.
No es fácil Tata Pancho. Entiéndeme, perdóname… todavía soy un alma débil. Créeme que lo intenté con todas mis fuerzas, que luché con férrea decisión y que, durante horas, resistí heroicamente los provocadores embates de aquellas huestes demoníacas que, valiéndose de sensuales argucias, buscaban afanosamente guiarme y perderme por el mal -¿o buen?- camino.
Tú tienes la certeza de que mis intenciones –al inicio del día- eran buenas y sinceras. Me viste contrito en la iglesia, escuchando al párroco que relataba algunos pasajes de tu vida: tu origen noble, tu servicio a los reyes, tu entrega a Dios, tu afán evangelizador, tu vida sacrificada y los milagros que te llevarían a los altares, San Francisco de Borja, el querido Tata Pancho de Yunguyo.
Pero me quedé. Tal vez porque quería mostrarte que podía derrotar a esas chinitas endemoniadas, imponer mi férrea voluntad frente a sus mohines turbadores. Y empecé bien. Estuve a tu lado, viéndolo todo con gesto de indiferencia, reprobación y desdén. No las seguiría, no brindaría con ellas, tampoco me acercaría para perpetuar con mi cámara, alguna de sus perniciosas sonrisas.
Me olvidé de las oraciones. Me dejé llevar por la música contagiante de las bandas de nombres espectaculares y auténticos, por la algarabía de las chinas diablas, el menear de caderas de las morenitas y el ritmo divertidamente sobrio de las cholitas veteranas; entonces, fui perdiéndome en el palpitar de los conjuntos y brindé con diablos de máscaras abstractas, con gorilas y osos y hasta con hombres vestidos de toro.
Sí, lo sé, lo mejor sería decirle a mi jefe –ese renegón que se cree un gran periodista- que hoy nos olvidemos de los textos, las fotos, la búsqueda de información y que cerremos el quiosco hasta nuevo aviso, para irnos de pachanga con algunos colegas y varias coleguitas.
Tengo que seguir escribiendo, encontrar los datos en la libreta de apuntes, resaltar que en Lampa, al ladito nomás de la carretera que conduce al cañón de Tinajani (uno de los atractivos de la provincia de Melgar) aparece el rodal de Tarucani, grande, enorme, con muchas puyas.
Listo. Ahora sí. Mi jefe parece contento. Capaz me da asueto y me deja salir a rumbear. Total, es el día del periodista y eso de trabajar puede ser contraproducente, genera estrés y quizás hasta alergia. Esta tiene que ser una jornada festiva, relajante, dispendiosa, también rebelde. Corto el yugo. Me largo. Fue un gusto escribir para ustedes. Hasta el lunes, jefe renegón… bueno, soñar no cuesta nada.
El orden se impone. La jornada recién empieza y hay que editar textos, seleccionar fotos, bajar información y esto y lo otro y ese alguito más, brama mi jefe, mi otro yo. Discúlpenme, creo que cometeré un asesinato... o será un suicidio.
Señoras y señores, lectores y lectoras, amigos y hasta enemigos, a través de estas líneas, tengo el agrado de comunicarle que el autor de Explorando –es decir, este guapo viajero, ah, cómo, quien dijo huaco- viene conmemorando sus 15 años de desempeño periodístico o, dicho en otras palabras, “es mi quinceañero”.