miércoles, mayo 14, 2008

¿Se fue el verano?

Cuando el sol ya casi ni aparece en el cielo limeño y la niebla gris imponse su presencia, rescatamos esta crónica con aroma a mar, escrita hace algunas semanas para una revista que nunca salió. Cosas de la prensa.

Máncora...
Nostalgia veraniega

Una brisa de nostalgia y las ansias de retornar cuanto antes al paraíso costero de Máncora (provincia de Talara, Piura), son las claves de este relato playero que va más allá del mar, la arena y los hoteles de lujo, para describir las vibrantes pulsaciones de un antiguo pueblo de pescadores.

Debo ser sincero, hoy no tengo ganas de escribir ni las iniciales de mi nombre. A pesar de eso, estoy aquí, sentadote frente al computador, viendo desde hace un montón de minutos, una pantalla en blanco que parece gritarme a la cara –sin piedad ni recato alguno- la rotundidad de mi fracaso.

Es extraño lo que pasa y aunque no sé como explicarlo, tengo la esperanza que este relato -tarde o temprano, por milagro o de pura chiripa- se convierta en esa crónica de arena y mar que, seguramente, anuncia con entusiasmo el titular que presenta esta nota.

Así que para apurar el milagrito, pido encarecidamente a San Judas Tadeo y a San Cristóbal –patrones de los periodistas y los viajeros, respectivamente-, que valiéndose de sus excelentes relaciones con el todopoderoso, gestionen con carácter de urgencia la aparición de una musa playera -bronceadita y sensual, de preferencia- que me ayude a convertir en palabras mis vivencias en Máncora.

No es un delirio ni sigo atontado por la impetuosidad del astro rey. Tampoco soy víctima de una resaca prolongada por todo lo sufrido o, mejor dicho, todo lo bebido en las noches de desvelo e insomnio, de brindis y bailes, de acercamientos y conquistas en los pubs y discotecas mancoreñas… excitantes, sombrías, ¿pecaminosas?

Sospecho que las cosas empiezan a aclararse. No es culpa de las musas –muy tarde chicas, ya no estoy disponible- ni de la inoperancia de los santos, más bien es un problema geográfico el que me impide redactar la crónica prometida. Y es que de sólo pensar en ese paraíso del eterno verano, me dan unas ganas terribles de apagar la máquina, coger la mochila y enrumbar hacia el norte.

Sí, debería irme para sentir las caricias oceánicas y deleitarme con un cebichito fresco y picante. Pero no es posible, debo continuar en la ciudad, escribiendo lleno de nostalgia y bajo un cielo encapotadamente gris, que en Máncora el sol brilla con sabrosa intensidad y las olas se muestran más provocativas que un bikini.

Olas del pasado
Cuenta la historia o, para ser más exactos, me cuentan la historia de un Máncora desconocido, pequeño, modesto, apenas visitado por puñados de jóvenes que llevaban bajo sus brazos unas extrañas tablas. Ellos, acaso los precursores del surfing nacional, recorrían más de mil kilómetros desde Lima en busca de olas excitantes que pusieran a prueba su destreza y habilidad.

Tiempo pasado. Tiempos distintos en los que no existía nada o existía muy poco en ese pueblo de discreta belleza, en esa caleta de hábiles y jacarandosos pescadores que carecían hasta de un muelle bien puesto para sus embarcaciones. Ni pensar en discotecas o resort, con suerte un hotelito paupérrimo para adormecer o engañar al cansancio.

Pero los muchachos –limeños en su mayoría, aventureros en su totalidad- no dejaban de aparecer por aquellas playas riquísimas de aguas cariñosamente cálidas, tan distintas a las de la capital. Máncora empezaba a ganar fama.

La parte final de la historia no me la contaron. Sencillamente la viví y la disfruté. Y es que aquella caleta de hermosura ignorada, es, actualmente, un indiscutible destino playero, porque el Pacífico –tan lindo aquí, tan querendón aquí- convoca a surfistas y a trotamundos, a parejas enamoradas y a amigos a punto de enamorarse, a familias completitas y a solitarios empedernidos.

Gente de todos lados, de todos los tipos y todos los colores tostándose bajo un ser persistente. Ese es el lugar que extraño, ese es el lugar en el que quiero estar una vez más, contemplando un encendido ocaso o dormitando en una hamaca que bailotea bajo la sombra de una palmera.

Cara y sello
Hoy, cuando no tengo ganas ni de escribir las iniciales de mi nombre, declaro con total desparpajo y en absoluto control de mis facultades mentales –ojalá ustedes piensen lo mismo- que, contrariamente a lo que dicen los mapas, las guías viajeras y los documentos oficiales, en el norte existen dos Máncoras.

Eso sí, ambas comparten su mar exquisito y son algo así como los lados de una misma moneda. Cara y sello: lados distintos y a la vez complementarios. Cara y sello. Máncora pueblo, Máncora turística. Cara y sello: Máncora de pescadores que se enfrentan al olaje en lanchas y balsas heroicas, Máncora de refugios perfectos, íntimos y placenteros al ladito del océano, donde la vida siempre es más sabrosa.

Pasas de una cara a la otra. De las playas festivas y coloridas de la zona urbana, con sus cabañitas rústicas que ofician como templos del buen sabor y sus grupos de rastrafaris y hippies ofreciendo peculiares artesanías; a la serenidad y la calma del solitario balneario de Las Pocitas (10 minutos del centro en mototaxi).

Moneda al aire. Las caras se mezclan. Vas y vienes del pueblo jovial con sus niños incansables que corretean, ríen y la pasan de lo lindo en su mar azulito, a los impactantes hoteles y bungalows, donde la única preocupación es la de elegir entre un buen ceviche de conchas negras, una enorme langosta o un apetecible filete de mero. Lo demás es sencillo: broncearse, nadar, cabalgar, tal vez salir de pesca.

Y aunque todos me digan que sólo hay un Máncora, seguiré proclamando que existen dos. Ambos tienen su encanto y a ambos quiero volver, tarde o temprano, por milagro o de pura chiripa. Eso sí, ojalá que me acompañen un par de musas atrevidamente inspiradoras, con el perdón de San Cristóbal y San Judas Tadeo.

sábado, abril 19, 2008

Harto del crédito

De nada sirvió el mapa de Cochabamba. Por más que lo viera una y otra vez, siempre seguía el camino equivocado y, cuando estaba segurísimo que llegaría a una iglesia históricamente celestial, aparecía delante de mis ojos, una oficina bancaria y, para colmo de males, del Banco de Crédito; entonces, miraba el mapa con renovado encono y me increpaba, irritado y derretido por el calor, que sólo un tarado viaja mil horas -disculpen la exageración, estoy sin almorzar- para visitar agencias del BCP.

Sé que suena descabellado, pero cada uno de mis extravíos terminaba al frente -o al costadito- de una agencia o cajero automático de dicha entidad bancaria, como si el mismísimo Dionisio Romero hubiera trazado el plano que tenía en mis manos.

Eso era demasiado, no lo podía creer. ¿Sería una especie de trasnochado y velado nacionalismo el que me llevaba a aquellas oficinas?...

En verdad no tengo ni idea. Digamos que fue pura casualidad o chiripa la que me llevó a turistear por aquellas agencias, en las cuales, según pude observar, la atención es lenta, lentísima, a ritmo de tortuga, como ocurre en Lima o cualquier otra parte del Perú.

Total, para que apurarse si el negocio está asegurado y los clientes no se quejan tanto, si encuentran una silla desocupada para matar el cansancio de la espera. Y así como los ahorristas tarde o temprano serán atendidos, este viajero confía que ahora sí encontrará la iglesia que tanto busca, a pesar de ese mapa trucado que el mismísimo Dionisio elaboró.... bueno, al menos en mi hambrienta opinión.

jueves, abril 17, 2008

La Paz sea con todos

He vuelto a Bolivia después de un par de años. Todo parece estar tranquilo, al menos en Copacabana y La Paz, las dos ciudades que he visitado hasta ahora. Pero esa aparente serenidad, se quiebra al encender la televisión y observar los programas informativos, que revelan el álgido momento que atraviesa el país andino.

Insultos, diatribas, acusaciones. Empresarios que exigen la salida del presidente Evo Morales, políticos cruceños que preparan el ambiente para el referendum por la autonomía del 4 de mayo, obreros de La Paz y Santa Cruz que se acusan de traición, representantes del gobierno que aseguran que el país ha crecido y que la derecha quiere echar por la borda sus avances.

Todos dicen que es necesario el diálogo, sin embargo, nadie dialoga, sólo insultan y descalifican. Mientras eso sucede, un taxista paceño me asegura que aquí, la gente está dispuesta a dar su sangre en defensa de Evo.

Qué escucharé en el resto del país, me pregunto cuando me preparo para partir hacia Cochabamba. Allí, seguiré observando, oyendo, sintiendo el palpitar de la Bolivia de hoy, una Bolivia conflictuada que, esperemos, encuentre caminos de solución ajenos a la violencia y el enfrentamiento entre hermanos.

viernes, abril 11, 2008

Más de Áspero



Una es ninguna, afirma o sentencia la frase popular. Y aquí, en Explorando, somos entusiastas defensores de esa máxima, sobre todo cuando se trata de brin... perdón de fotografías.

Así que como nos dimos cuenta que el clic de Áspero no era suficiente, porque dejaba a los lectores con la miel en los labios, por decirlo de algun modo; decidimos publicar más imágenes de la ciudad pesquera de los hombres de Caral.

Y es que, como también se acostumbra decir, más vale tarde que nunca.

jueves, abril 10, 2008

Líneas de tristeza

Suele decirse que nadie está libre de un accidente. Y si bien la frase tiene algo de verdad, no puede servir como excusa o sentencia absoluta; aunque claro, siempre será más fácil echarle la culpa al azar y a los caprichos de la suerte, que aceptar alguna responsabilidad. Así, bajo el triste manto de la mala fortuna, se acostumbra ocultar desidias y negligencias.

Lo sucedido ayer en Nasca, donde una avioneta de la empresa Aeroica se precipitó a tierra causando la muerte de cinco turistas franceses, es una clara evidencia de lo descrito en el párrafo anterior.

Y es que es muy difícil hablar de accidente, cuando en el escenario del mismo, se han producido un rosario de ocurrencias previas en las que las naves que sobrevuelan los famosos geoglifos, tuvieron que aterrizar de emergencia en la Panamericana Sur.

Es su momento, aquellos incidentes fueron tomados, hasta cierto punto, como una curiosidad o una anécdota. Se resaltó el ingenio y la capacidad de los pilotos peruanos que se las arreglaron para convertir el asfalto de la carretera en una perfecta pista de aterrizaje.

Pero ayer no sirvió la destreza ni la habilidad. Ayer, según los reportes de prensa, falló un motor, como tantas otras veces en el cielo nasqueño, entonces, el piloto, tras diez minutos de vuelo, se vio obligado a retornar de emergencia al aeródromo María Reiche.

Al aproximarse a su destino, el tren de aterrizaje se enredó con unos cables de luz, colocados de manera inconsulta. Después, la pequeña avioneta colisionaría con muros y paredes levantadas sin autorización municipal. Los cinco ocupantes murieron. Sólo el aviador salió con vida.

¿Dónde está el accidente? o ¿el capricho del azar? Esos cables no los tendió la providencia, aquellas paredes no las erigió la mano de Dios en un par de segundo; no, todo lo contrario, fueron levantadas lenta y arriesgadamente por
Electro Sur Medio, ante la complaciente mirada de las autoridades, los encargados del aeródromo, los representantes de las aerolíneas y hasta de los propios pilotos.

¿Ellos hicieron algo para evitarlo? y, si lo hicieron, ¿se preocuparon para que su queja no quedara archivada en los estantes de alguna dependencia’. Preguntas similares deberían responder los funcionarios del ministerio de Transportes y Comunicaciones (MTC) y de la Corporación Peruana de Aviación Comercial (Corpac), incapaces –a la luz de los hechos- de controlar rigurosamente a las empresas que sobrevuelan las líneas.

El aeródromo de Nasca no está en una zona inaccesible. Esta vez, el MTC no podrá escudarse, como lo hace con el transporte terrestre, en el desinterés de los gobiernos regionales por aplicar adecuadas medidas de seguridad, o, en la amplitud del parque automotor, que impide un control estricto de las unidades que brindan el servicio.

Por su condición de atractivo mundial, decenas de turistas se embarcan diariamente en las frágiles avionetas que sobrevuelan las líneas, con el deseo de admirar los impresionantes geoglifos prehispánicos.

Lo que ellos ignoran es la inseguridad y la falta de controles que, incrementan, los riesgos inherentes a toda travesía. Son esas omisiones y descuidos las causantes de acontecimientos trágicos y luctuosos, que muchos siguen calificando de “accidentes”, aunque todos los indicios nos llevan a pensar lo contrario.

lunes, marzo 31, 2008

Clic de la Semana


Una balsa de totora se enfrenta a las olas del Pacífico en el mar de Áspero en Puerto Supe(provincia de Barranca, Lima), reviviendo -quizás- las travesías marítimas de las primeras poblaciones costeras del Perú, que se asentaron en este lugar hace cinco mil años.

Áspero, rescatada del olvido y la indiferencia histórica hace tres años, habría sido la ciudad pesquera de la civilización Caral, considerada como las más antigua de esta parte del mundo y piedra angular en el desarrollo del hombre andino.

El sábado, los experimentados pescadores de la vecina caleta de Vegueta (provincia de Huaura, Lima), navegaron desde el cercano asentamiento costero de Vichama (también de los hombres de Caral) hasta el de Áspero, para rendirle tributo a las aguas de la Qochamama (el mar).

En su dorada embarcación, los herederos de una cultura milenaria llevaban ofrendas para los dioses del pasado, aquellos que -tal vez, de repente, uno nunca sabe- guiaron a los profesionales del Proyecto Arqueológico Caral-Supe, para que empezarán a desenterrar los misterios de una ciudad perdica, profanada, convertida en pútrido basural durante más de 25 años.

Hoy, gracias al trabajo de los arqueólogos y -porque no-, a la tutela de los dioses, los primeros vestigios de la ciudad pesquera empiezan a vislumbrase, a conocerse, a ser parte del inmenso y maravilloso legado del Perú prehispánico. Una razón más para sentirse orgullosos.

martes, marzo 25, 2008

Purificación de Semana Santa

Dónde el autor -que no resalta precisamente por su religiosidad- se queja amargamente de la Semana Santa, sólo porque la pasó enclaustrado en su cuarto.

Me refugio en un cuarto saturado de desorden y carente de espacios vacíos. Me asfixio de aburrimiento. Prendo la TV. Hojeo un libro. Busco formas en las manchas de la pared. Intento dormir pero sigo despierto.

Las horas se alargan. Me fastidia el paso remolón de los segundos y minutos. Me aturde el calor. Me hartan las películas religiosas, los santurrones que me piden recogimiento y reflexión, también el cardenal Cipriani sermoneando sobre la verdad y la vida eterna. Bah, nada, no le creo.

Cambio de canal. Ruleta de imágenes: Judas traicionando a su maestro, Pilatos lavándose las manos, Barrabás siendo indultado por el pueblo, Jesús agonizando, Jesús volviendo a la vida. Me invade un hastío de connotaciones bíblicas.

Me olvido de la TV. Me acuerdo del libro. Lo abro, lo leo… me irrita el personaje principal, tan blandengue, tan buena gente, tan dispuesto a ser rechazado y seguir queriendo.


Suena el teléfono. Quizás mi última esperanza de escapar del cuarto y de la asfixia, de Cipriani y Barrabás. De salir de Lima en Semana Santa.

Aló, sí, claro, cuándo, dónde… Junín, Tarma, Huasahuasi, ya, chévere. Me apunto… ¿cómo?, ¿dentro de una hora confirmas? Bacán. Espero.

Ansiedad. Miro la mochila con ilusión. Una hora para abandonar el cuarto hasta nuevo aviso, una hora para olvidarme de la TV y sus películas de cristianos y romanos, del libro con su protagonista condenado a ser sólo un amigo especial, de la pared con sus manchas amorfas.

Ya no intento dormir. Sueño despierto con una nueva aventura. Imagino el camino, el zarandeo del bus, las curvas, las pendientes. Las sombras nocturnas cubriendo el horizonte y las estrellas titilando en el cielo andino.


Ahora el tiempo vuela y el teléfono sigue calladito, silencioso, mudo. No hay confirmación. Se frustra el viaje. Adiós Huasahuasi. Será para la próxima.

Se esfumó la última esperanza. Me quedo en casa para ver la calle desolada desde mi ventana, para pasar las hojas de un libro que no quiero leer, para mirar a Jesús repartiendo el pan en la Última Cena y escuchar a los curas que me exigen contrición y golpes de pecho.


Sólo me falta el bacalao para completar mi Semana Santa ideal… ¡Padre, por qué me has abandonado!